Sube, apresurada y temerosa del sonido que detrás parece perseguirla. Sube, sin darse cuenta del camino ni del paso que ha dar. Solo, agitado el corazón y abroquelado el pensamiento en aquellas palabras, se eleva, como ángel o quizás como cuerpo inerte y vacío. Sube, al descubrir que todo es mentira o que la mentira radica en la falaz verdad. Asombrada de descubrir el rostro de los nuevos sofistas, asciende, sin explicarse, sin explicar. Porque llevar a cabo semejante atropello rompe con la tiranía del silencio. No entiende que el sonido que la sigue es la música que definió un Pitágoras embriagado, que confundía las vasijas de sus cálculos con las esferas y los ciclos. Asciende, agitada como paloma mordida por las fauces de un felino misterio. Sin miedo, sin dolor, pero consciente que ya no arrastra ni materia ni concepto. Y llega: Él la mira y ella, entonces, se desgaja lentamente para reconstruirse.
Hace mucho tiempo, me senté frente al cuaderno de notas e imaginé un personaje solitario, huyendo de los temibles mordiscos de perros salvajes. En la descripción de entonces, me detuve, como un pintor frente a su cuadro, para delimitar el clima, la atmósfera de ese sendero artificial. Una luna de cartón, un sol fluorescente, un césped plástico y un hombre que corría, sin saber hacia dónde. Aquel relato tuvo el súbito desenlace, tras la ardua marcha, sin tiempo: sin tiempo ni astros, sin tiempo ni una esfera, comiendo segundos. Solo los ladridos de aquellos perros, agobiándolo, robándole paso a paso su destino, jadeante las bestias, vencido el perseguido. Hasta que se detuvo y al verse, preso de las presas, se lanzó, sin más, al otro lado.
Hoy, cierro el cuaderno y recorro solo con mi mente el sabor de aquella corrida. Era mío el personaje, es mío aún, aunque otros lo lean. Cierro el cuaderno y siento con mis manos, los puñetazos del hombre sobre aquellos portones. Golpea hasta sangrar, hasta desprender las cintas que sujetan el espejismo. Y golpea las tapas que contienen cada línea, queriendo huir de los canes, persistente destino impuesto por mí.
Despierta en medio de la noche, buscando la tenue luz de los recuerdos. Se estremece, pues sabe que la penumbra es señora de los miedos.
Se yergue, magestuosa entre las cobijas azules y extiende los brazos en pos de un vaso con agua. Bebe. El terso líquido acaricia su garganta, dejándole una extraña sensación. Roza sus labios con el ápice de la lengua, como si deseara aún más. Deja caer el vaso sobre la mesita. Parte del agua se derrama y gotea hasta llegar al suelo. Ella se extiende. Se apresura para ganarle al tiempo y humedecerse los dedos en la espontánea fuente. Sonríe como niña. El juego falaz le ha gustado. Nuevamente, reitera los pasos para escudriñar la escondida sensación de gozo. Pero esta vez, cuando finaliza su bebida, el agua ya no le resulta de igual manera. Un agrio sabor se desliza desde la garganta y se pierde.
Arroja las cobijas lejos y permanece sentada en el lecho. Gira hacia el vaso. Sus ojos reconstruyen la escena. Aquellas manos dormidas intentan sujetar el desconocido objeto. La cascada invisible brota del mármol y la sensación irrepetible que le consiente al alma.
Pero no vuelve a sonreír. Más bien, sostiene el rostro entre las acuosas manos y descubre, casi fuera de sí, que, de todo su cuerpo emana ese sabor a rosas olvidadas.
Nada dice, pues aunque emitiera palabra, nadie escucha. Sola, en el lecho de penumbras, encarcela los sueños en secas madrugadas. Reitera su lengua la caricia que destina a los labios para prodigarle unas gotas de aquel mezquino relente, empero pareciera que toda ella se enjuga y vacía, como el cuarto en el que habita, se inclina.
24-02-2001
He vivido el torbellino que provoca la caída, cuando el amor da vuelta el rostro e ignora las súplicas del tiempo. Siempre es un adverbio que solo Dios comprende. Para mí, es un instante que se evapora en la palabra. Es una soga de donde ensayo sostenerme ante la ignorancia; una piedra que se estrella en el universo.
Ráfaga de dolor bebió la noche aquel día, por eso es sombra y le teme a la presencia; por eso es misterio y la halaga los poetas.
Caer es mágico, traspasa las fronteras, se tiñe de cordura bajo el delirio quijotesco de una Arcadia prometida. Caer bajo la ciudad, bajo el asfalto y navegar entre los muros, eso es cada momento.
Amo este espacio, porque nadie entra, porque es mío y puedo entregarme a la palabra. Hace un año y seis días, el mundo cayó a mis pies. Los sueños se desintegraron, estrellados en las dimensiones de un corazón sin latido. Grité su nombre hasta quedar sin voz y no lloré, no como lo hacen los cobardes. Grité su nombre hasta ahogarme con cada letra y en la distancia, acurrucada en mi Elea lo busqué, prisionera del silencio.
Hoy no sé qué escribiré, me encuentro destinada a un probable olvido. Tal vez, en el pentagrama de esta enfermiza existencia, recobre una lágrima, la que limpie la descarnada herida de aquel momento.
Amo a Relatos virtuales, mi borrador, mi blog, conexión preciosa del futuro con el pasado. Lo amo, porque aquí subsistiré, más allá de los fracasos y las pérdidas. Transparente, liviana, existiré y no existiré, tras el nombre que se llevó el alma.
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